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lunes, 18 de abril de 2016

Crisis y contrato social. Los jóvenes en la sociedad del futuro



Crisis y contrato social. Los jóvenes en la sociedad del  futuro

La identidad se construye primero a tientas, sobre elecciones que se toman por instinto al leer un libro, al ver una película, al enfrentarse a un conflicto. La adolescencia de los humanos es complicada porque es muy difícil ser a la vez una persona completa y otra a medio hacer. Luego, las piezas encajan sin que lleguemos tampoco a ser conscientes del mecanismo que las ha integrado.
Almudena Grandes

"Unas pocas palabras"


El 80% de los jóvenes asume que dependerá económicamente de su familia

Casi la mitad de los jóvenes españoles de 18 a 24 años estarían dispuestos a aceptar cualquier empleo, en cualquier lugar y con un salario bajo

Ocho de cada diez jóvenes consideran muy o bastante probable tener que trabajar en lo que sea y seis de cada diez asumen que se verán obligados a emigrar para encontrar empleo. Y a pesar de la disponibilidad expresada para aceptar cualquier trabajo, donde sea y con salarios bajos, el 80%, está convencido de que a corto plazo tendrá que depender económicamente de su familia. Para los jóvenes de clases medias o bajas y aquellos que abandonaron los estudios, la crisis puede poner en juego incluso la supervivencia y la integración social. Para los ricos y universitarios, pone en riesgo el conseguir sus objetivos y expectativas vitales. Y una abrumadora mayoría, el 70% de los jóvenes culpa al Gobierno y a los partidos políticos de la duración y profundidad de la crisis que les está generando gran frustración y una visión fatalista del futuro.
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Investigación que analiza las percepciones de los y las jóvenes españoles sobre la crisis, sus expectativas y estrategias para afrontar el presente y proyectarse hacia el futuro.
Utiliza una metodología combinada: una encuesta a 1.000 jóvenes entre los 18 y los 24 años, y 8 grupos de discusión mixtos en diferentes ciudades españolas.


martes, 28 de octubre de 2014

“El buen maestro” Ángel Gabilondo EL PERMANENTE APRENDER. TEXTO PARA PENSAR.





El buen maestro” Ángel Gabilondo
EL PERMANENTE APRENDER.

 
Fue Deleuze quien nos recordó que el verdadero maestro no es el que dice “hazlo como yo”, sino quien propone “hazlo  conmigo”. En última instancia, lo que nos desafía es ser llamados, ser convocados, ser elegidos. Que alguien nos dedique un tiempo de su vida irrepetible, que considere que es interesante que crezcamos, que mejoremos, solo puede inscribirse, sea cual fuera el estado de ánimo o su disposición social, en una suerte de afecto, que puede llegar a ser afectuoso amor. El propio Deleuze insiste en que un buen curso se parece más a un concierto que a un sermón. Hemos de acompañarnos. Es cuestión de acorde, de resonancia. Acordar con alguien es el mejor modo de propiciar un llegar a acordarse de él. Así, al propiciar una auténtica memoria ya estamos disfrutando de aquello que más merece la pena de aprenderse: aprender a decir gracias, a ser agradecido, a sentirse agraciado. Solo desde esa experiencia se produce la íntima relación que traen las palabras alemanas agradecer(danken) y pensar(denken).

 Pensar de verdad implica siempre un acto de memoria y de agradecimiento. Uno no  llega a pensar extrayendo de sí, desde sí, su propio saber. La palabra nos viene del otro. Por eso, lo más difícil es aprender a pensar. “Caminamos juntos por esta vía y no dirigimos exhortaciones a nadie. Aprender significa ajustar nuestro obrar y no obrar a lo que en cada caso se nos atribuye como esencial. Pero el enseñar es más difícil que aprender porque enseñar significa dejar aprender. Más aún, el verdadero maestro no deja de aprender nada más que el aprender. Por eso, también en su obrar produce a menudo la impresión de que propiamente no se aprender nada de él, si por “aprender” solo se  entiende la obtención de conocimientos útiles (…). De ahí que siga siendo algo sublime llegar a ser maestro, cosa enteramente distinta de ser un docente  afamado”.

Hemos reiterado que solo se aprende por contagio, por contacto. El verdadero maestro no se entromete, impidiendo ese encuentro. Ni considera que es él  o ella lo interesante, lo que ha de ser atendido. Hay en toda labor de magisterio este primer desprendimiento, una accesis inicial, un gesto en el que lo fundamental es la palabra, la idea, el concepto, la cosa misma, en definitiva el logos, y no aquél a cuyo través se dice y se hace. Esta generosidad inicial ha de acompañar toda la tarea del maestro con su pathos y su ethos. Esta es su primordial donación, la  de no querer imponerse, ni creer que se es poseedor de lo que habrá de decirse. Cuando Heráclito aconseja escucharle no a él sino al logos, en definitiva está instando a esta sencillez y humildad de la escucha. El maestro antes de reclamar ser escuchado, ha de aprender a ser oyente de ese decir que nos adviene en ocasiones del silencio lleno de interés de quien mira expectante, necesitado. Aquello que hace hablar al maestro ha de ser lo mismo que le hace escuchar al alumno. Sin esta sintonía no habrá palabra. Por eso, muchas de nuestras enfermedades de palabra, de nuestra falta de palabra son, en última instancia, una enfermedad de oído. El buen maestro oye lo nunca dicho, escucha como nadie, incluso lo que está a punto de decirse, incluso lo que quizá nunca nadie diga.
En esto comparte con el alumno el ser permanentemente estudiante, porque no cree que ya lo sabe todo y mejor que los demás y está dispuesto a dejarse decir algo. En ello se soporta la condición decisiva del maestro, la que le hace contagioso, la curiosidad. No ya la de ver si esto es de ésta u otra manera, sino la de comprobar si se es capaz de pensar algo distinto, llegar a ser otro que quien se es. Por eso el magisterio es una verdadera travesía personal, un itinerario, una metanoia, una paideia propia, en la que se va siendo maestro, sin llegar a serlo nunca del todo. Solo la mirada de los demás podría otorgar esa condición.
FUENTE:

miércoles, 22 de octubre de 2014

VISITA A LA BIBLIOTECA MUNICIPAL 4º A y B DE PRIMARIA.


VISITA A LA BIBLIOTECA MUNICIPAL 4º A y B DE PRIMARIA.

Hoy 22 de octubre hemos estado 4º A y 4º B en la biblioteca municipal, Almudena, una responsable de la biblioteca, les ha estado explicando en forma de cuento qué es una biblioteca municipal y cómo está organizada. Lo ha hecho de forma fenomenal y después los ha llevado a la parte de la biblioteca que es la zona infantil, allí han estado un ratito viendo libros y leyendo. Muy bien la experiencia y algunos niños y  niñas traían  su carnet de biblioteca y se han llevado libros a casa. Posteriormente hemos terminado la jornada en el parque de la Alquería.

martes, 26 de agosto de 2014

Julio Cortázar. 26 Agosto 2014. 1er Centenario de su nacimiento.Flor y Cronopio.Ilustrado por Abril Sáinz..

 Julio Cortázar. 
26 Agosto 2014. 1er Centenario de su nacimiento.
Flor y Cronopio.
 Ilustrado por Abril Sáinz


Julio Cortázar

Julio Florencio Cortázar Descotte (Ixelles, 26 de agosto de 1914París, 12 de febrero de 1984) fue un escritor, traductor e intelectual argentino nacido en Bélgica y nacionalizado francés.
Se le considera uno de los autores más innovadores y originales de su tiempo, maestro del relato corto, la prosa poética y la narración breve en general, comparable a Jorge Luis Borges, Antón Chéjov o Edgar Allan Poe

martes, 1 de julio de 2014

Defender la Alegría. Mario Benedetti. Joan Manuel Serrat.




Defender la Alegría. Mario Benedetti


Defender la Alegría. Mario Benedetti


Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas

defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría.



miércoles, 25 de junio de 2014

HA FALLECIDO LA ESCRITORA ANA MARÍA MATUTE.













HA FALLECIDO LA ESCRITORA
ANA MARÍA MATUTE. 


Ana María Matute Ausejo (Barcelona, España, 26 de julio de 1925 – ibídem; 25 de junio de 2014) fue una novelista española miembro de la Real Academia Española, donde ocupaba el asiento K y la tercera mujer que recibió el Premio Cervantes, obtenido en 2010. Matute fue una de las voces más personales de la literatura española del siglo XX y es considerada por muchos como una de las mejores novelistas de la posguerra española.
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El niño al que se le murió el amigo

[Cuento. Texto completo.]

Ana María Matute

Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre:

-El amigo se murió.
-Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar.

El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. «Él volverá», pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar.

-Entra, niño, que llega el frío -dijo la madre.

Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: «Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada». Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y dijo: «Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido». Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.

FIN



OTROS CUENTOS DE ANA MARÍA MATUTE...


domingo, 1 de junio de 2014

Los maestros. LUIS GARCÍA MONTERO

Los maestros


LUIS GARCÍA MONTERO
Granada, 1958. Poeta y Catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada. Es autor de once poemarios y varios libros de ensayo. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por 'El jardín extranjero', el Premio Loewe en 1993 y el Premio Nacional de Literatura en 1994 por 'Habitaciones separadas'. En 2003, con 'La intimidad de la serpiente', fue merecedor del Premio Nacional de la Crítica.

La Universidad de Almería nombró el viernes pasado doctores Honoris Causa a Pedro Cerezo y Juan Carlos Rodríguez. Son dos maestros, dos de mis maestros desde que empecé a estudiar en la Universidad de Granada en los años 70. Lo primero que aprendí de ellos fue quizás el orgullo de sentirse discípulos. Oí a Pedro Cerezo hablar con respeto y admiración de José Luis López Aranguren. Oí a Juan Carlos Rodríguez hablar con respeto y admiración de Louis Althusser. Por ahí suelen empezar el camino los maestros, por su capacidad de sentirse discípulos.


Un maestro es algo más que un profesor, igual que un oficio supone algo más que un empleo. El maestro convierte la información en formación y el trabajo en una vocación. Las asignaturas pasan a formar parte de un destino, del cumplimiento de una vida. El oficio llega a ser así un ámbito cívico de compromiso con la sociedad, una continua interpelación, una alianza con los otros.

En “Recuerdo infantil”, Antonio Machado definió la sensación de tedio que suele penetrar en las aulas, el sufrimiento de las horas muertas:“Una tarde parda y fría / de invierno. Los colegiales / estudian. Monotonía / de la lluvia en los cristales”. Stéphane Mallarmé capturó un sentimiento que a veces invade a los lectores: “la carne es triste y ya he leído todo los libros”. Las páginas, los horarios, las asignaturas y los días se confunden con un malestar de hastío y agotamiento.

Pero de pronto llegan los maestros y le dan sentido a la palabra saber. Se aprende a escuchar. Las palabras definen una forma de mirar, un modo de negociar con las inquietudes, una energía de vida. Si una obra de arte consigue que nuestros sentimientos coincidan por unos instantes con el mundo exterior, los maestros facilitan que el carácter se transforme en destino. Y entonces es otra la frase que se recuerda de Mallarmé: “El mundo fue hecho para dar lugar a un libro hermoso”. Y el poema de Machado que brota en la memoria no tiene ya que ver con la monotonía, sino con los yunques de su homenaje a Francisco Giner de los Ríos: “¡Yunques, sonad! ¡Enmudeced, campanas!”. O también: “Lleva quien deja y vive el que ha vivido”. O: “Sed buenos”.

Pedro Cerezo ha centrado buena parte de su trabajo filosófico en el pensamiento literario, en Machado y Unamuno, o en autores que han supuesto una relación viva entre la filosofía y la literatura como Ortega y Gasset o María Zambrano. Sus estudios han servido también parailuminar el mal del siglo, la crisis de la mentalidad positiva a finales del XIX, una dinámica que supuso para la literatura española el modo de responder a la situación particular de la Restauración y al mismo tiempo una manera de sumarse a las preocupaciones más hondas de la filosofía occidental.

Juan Carlos Rodríguez nos enseñó con un soneto de Garcilaso o con unas liras de San Juan de la Cruz que la literatura es histórica desde su misma raíz. Aviso para los puristas: tan social es una melancolía como una novela realista. Una rima en pretérito imperfecto responde a la historia tanto como una drama ilustrado sobre la necesidad de los matrimonios justos para conseguir una sociedad feliz. Por eso nos enseñó a concebir la intimidad como un espacio en el que se juega la emancipación del ser humano. Indagar en uno mismo supone una forma de compromiso con los demás.

Antonio Machado hablaba de la búsqueda de una nueva sentimentalidad. En su poesía hospitalaria, donde el tú y el otro ocupan un lugar central, coincidieron las lecciones de Pedro Cerezo y Juan Carlos Rodríguez. Evocación de un tiempo ya borroso. Entonces se fumaba en las clases, pero las palabras son mucho menos efímeras que el humo.


Las épocas de descrédito resaltan lo negativo y juegan con el pesimismo como invitación a la parálisis. Invisibilizan aquello que debe mirarse, aquello que merece admiración. Los maestros, que antes han sido discípulos, enseñan a admirar y nos dan energía para conservar hacia el futuro la herencia que hemos recibido de nuestros mayores. El tiempo, entendido como aprendizaje y artesanía, no pasa sólo como las nubes del querido Azorín. Es también un marco social para los vínculos. 

FUENTE:

miércoles, 12 de febrero de 2014

Julio Cortázar. 30 años de su muerte y 100 de su nacimiento Flor y Cronopio. .


Flor y Cronopio. Julio Cortázar. 30 años de su muerte y  100 de su nacimiento
 Ilustrado por Abril Sáinz
Julio Cortázar

Julio Florencio Cortázar Descotte (Ixelles, 26 de agosto de 1914París, 12 de febrero de 1984) fue un escritor, traductor e intelectual argentino nacido en Bélgica y nacionalizado francés.
Se le considera uno de los autores más innovadores y originales de su tiempo, maestro del relato corto, la prosa poética y la narración breve en general, comparable a Jorge Luis Borges, Antón Chéjov o Edgar Allan Poe

jueves, 2 de enero de 2014

José Saramago y sus abuelos, Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha.



José Saramago y sus abuelos.

Discurso de aceptación del Premio Nóbel de Literatura. 1,998


El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer. Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de la aldea. Azinhaga era su nombre, en la provincia del Ribatejo.

Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro.

En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su cama. Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable.

Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado. Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: “José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera”. Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera. Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de la paz nocturna, entre


las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea. Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo que suavemente me acunaba. Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, le introducía en el relato: “¿Y después?”. Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En
aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa. Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: “No hagas caso, en sueños no hay firmeza”. Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras.
Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños. Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: “El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir”. No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada. Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.

Muchos años después, escribiendo por primera vez sobre éste mi abuelo Jerónimo y ésta mi abuela Josefa (me ha faltado decir que ella había sido, según cuantos la conocieron de joven, de una belleza inusual), tuve conciencia de que estaba transformando las personas comunes que habían sido en personajes literarios y que ésa era, probablemente, la manera de no olvidarlos, dibujando y volviendo a dibujar sus rostros con el lápiz siempre cambiante del recuerdo, coloreando e iluminando la monotonía de un cotidiano opaco y sin horizontes, como quien va recreando sobre el inestable mapa de la memoria, la irrealidad sobrenatural del país en que decidió pasar a vivir. La misma actitud de espíritu que, después de haber evocado la fascinante y enigmática figura de un cierto bisabuelo berebere, me llevaría a describir más o menos en estos términos un viejo retrato (hoy ya con casi ochenta años) donde mis padres aparecen. “Están los dos de pie, bellos y jóvenes, de frente ante el fotógrafo, mostrando en el rostro una expresión de solemne gravedad que es tal vez temor delante de la cámara, en el instante en que el objetivo va a fijar de uno y del otro la imagen que nunca más volverán a tener, porque el día siguiente será implacablemente otro día.
Mi madre apoya el codo derecho en una alta columna y sostiene en la mano izquierda, caída a lo largo del cuerpo, una flor. Mi padre pasa el brazo por la espalda de mi madre y su mano callosa aparece sobre el hombro de ella como un ala. Ambos pisan tímidos una alfombra floreada. La tela que sirve de fondo postizo al retrato muestra unas difusas e incongruentes arquitecturas neoclásicas”. Y terminaba: “Tendría que llegar el día en que contaría estas cosas. Nada de esto tiene importancia a no ser para mí. Un abuelo berebere, llegando del norte de Africa, otro abuelo pastor de cerdos, una abuela maravillosamente bella, unos padres graves y hermosos, una flor en un retrato ¿qué otra genealogía puede importarme? ¿en qué
mejor árbol me apoyaría?”. Escribí estas palabras hace casi treinta años sin otra intención que no fuese reconstituir y registrar instantes de la vida de las personas que me engendraron y que estuvieron más cerca de mí, pensando que no necesitaría explicar nada más para que se supiese de dónde vengo y de qué materiales se hizo la persona que comencé siendo y ésta en que poco a poco me he convertido. Ahora descubro que estaba equivocado, la biología no determina todo y en cuanto a la genética, muy misteriosos habrán sido sus caminos para haber dado una vuelta tan larga. A mi árbol genealógico (perdóneseme la presunción de designarlo así, siendo tan menguada la sustancia de su savia) no le faltaban sólo algunas de aquellas ramas que el tiempo y los sucesivos encuentros de la vida van desgajando del tronco central. También le faltaba quien ayudase a sus raíces a penetrar hasta las capas subterráneas más profundas, quien apurase la consistencia y el sabor de sus frutos, quien ampliase y robusteciese su copa para hacer de ella abrigo de aves migratorias y amparo de nidos.

Al pintar a mis padres y a mis abuelos con tintas de literatura, transformándolos de las simples personas de carne y hueso que habían sido, en personajes nuevamente y de otro modo constructores de mi vida, estaba, sin darme cuenta, trazando el camino por donde los personajes que habría de inventar, los otros, los efectivamente literarios, fabricarían y traerían los materiales y las herramientas que, finalmente, en lo bueno y en lo menos bueno, en lo bastante y en lo insuficiente, en lo ganado y en lo perdido, en aquello que es defecto pero también en aquello que es exceso, acabarían haciendo de mí la persona en que hoy me reconozco: creador de esos personajes y al mismo tiempo criatura de ellos. En cierto sentido se podría decir que, letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a libro, he venido, sucesivamente, implantando en el hombre que fui los personajes que creé. Considero que sin ellos no sería la persona que hoy soy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser más que un esbozo impreciso, una promesa como tantas otras que de promesa no consiguieron pasar, la existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y no llegó a ser.

Comienzo del discurso de aceptación del Premio Nóbel de Literatura. Oslo 1.998 Seguir leyendo...

http://www.juliaardon.com/2006/04/discurso-de-aceptacion-del-premio-nobel-por-jose-saramago/ José de Sousa Saramago (Azinhaga, Santarém, Portugal, 16 de noviembre de 1922 - Tías, Lanzarote, España, 18 de junio de 2010) fue un escritor, novelista, poeta, periodista y dramaturgo portugués. En 1998 le fue concedido el Premio Nobel de Literatura. La Academia Sueca destacó su capacidad para «volver comprensible una realidad huidiza, con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía». (Wikipedia)
José Saramago, páginas...








 CARTA A JOSEFA, MI ABUELA
José Saramago
(A todas nuestras abuelas, sabias, calladas, a las que se les robó el tiempo de la igualdad.)



 Tienes noventa años. Estás vieja, dolorida. Me dices que fuiste la muchacha más hermosa de tu tiempo – y yo lo creo. No sabes leer.

Tienes las manos gruesas y deformadas, los pies como acortezados. Cargaste en la cabeza toneladas de leña y haces, albuferas de agua. Viste nacer el sol todos los días. Con el pan que has amasado podría hacerse un banquete universal. Criaste personas y ganado, metiste a los lechones en tu cama cuando el frío amenazaba don helarlos. Me contaste historias de apariciones y hombres-lobo, viejas cuestiones de familia, un crimen de muerte. 

Viga maestra de tu casa, fuego de tu hogar – siete veces quedaste grávida, siete veces pariste. No sabes nada del mundo. No entiendes de política, ni de economía, ni de literatura, ni de filosofía, ni de religión. Heredaste unos cientos de palabras prácticas, un vocabulario elemental. Con eso viviste y vas viviendo. Eres sensible a las catástrofes y también a los casos de la calle, a las bodas de las princesas y al robo de los conejos de la vecina. Tienes grandes odios por motivos de los que ya ni el recuerdo te queda, y grandes dedicaciones que no se asientan en nada.

 Vives. Para ti, la palabra Vietnam es sólo un sonido bárbaro que nada tiene que ver con tu círculo vital de legua y media de radio. De hambres, sabes algo: viste y una bandera negra izada en la torre de la iglesia. (¿Me lo contaste tú, o habré soñado que lo contabas?).

Llevas contigo tu pequeño capullo de intereses. Y, sin embargo, tienes ojos claros y eres alegre. Tu risa es como un cohete de colores. Nunca he visto reír a nadie como a ti. Te tengo delante, y no te entiendo. Soy de tu carne y de tu sangre, pero no entiendo. 

Viniste a este mundo y no te has preocupado por saber qué es el mundo. Llegas al final de tu vida, y el mundo es aún para ti lo que era cuando naciste: una interrogación, un misterio inaccesible, algo que no forma parte de tu herencia: quinientas palabras, huerto al que en cinco minutos se da la vuelta, una casa de tejas y el suelo de tierra apisonada. 

Aprieto tu mano callosa, paso mi mano por tu rostro arrugado y por tu cabello blanco que resistió el peso de las cargas – y sigo sin entender. Fuiste hermosa, dices, y veo muy bien que eres inteligente. ¿Porqué te han robado, pues, el mundo? ¿Quién te lo robó? 

Peor quizá de esto entienda yo, y te diría cómo, y por qué, y cuando, si supiera elegir entre mis innumerables palabras las que tú podrías comprender. Ya no vale la pena. El mundo continuará sin ti – y sin mí también. No nos habremos dicho el uno al otro lo que más importa. ¿Realmente no nos lo habremos dicho?

No te habré dicho yo, porque mis palabras no eran las tuyas, el mundo que te era debido. Me quedo con esa culpa de la que no me acusas – y eso es aún peor. Pero, por qué, abuela, por qué te sientas al umbral de tu puerta, abierta hacia la noche estrellada e inmensa, hacia el cielo del que nada sabes y por el que nunca viajarás, hacia el silencio de los campos y de los árboles en sombra, y dices, con la tranquila serenidad de tus noventa años y el fuego de tu adolescencia nunca perdida: “¡El mundo es tan bonito, y me da tanta tristeza morir!”. 

Eso es lo que yo no entiendo – pero la culpa no es tuya.

José Saramago


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